Foto: Por, Freddy Tarcaya Gallardo

Viajar en el tiempo es más que una realidad posible, no porque Einstein yo haya planteado, sino, también porque un libro es una caja del tiempo que puede transportarnos a una época determinada, para ello tengo en manos el libro AGUAS ABAJO de Eduardo Wilde, tupiceño de padre inglés y madre tucumana. Escritor prolijo, médico y diplomático argentino.

Boris como se denomina Wilde en su obra autobiográfica, dejó escapar su primer llanto y abrió los ojos en Tupiza el 15 de junio de 1844; cerró los ojos el 5 de septiembre de 1913 en Bruselas, Bélgica. A propósito de su nacimiento y su concepción de la vida afirma: “Boris existe, luego nació; esta proposición es innegable y superior a la de Descartes: Pienso, luego existo. La primera encierra una verdad y la segunda, la del célebre filósofo, una petición de principio y una simple afirmación que no llega a ser razonamiento.

En el razonamiento de Eduardo Wilde, Boris ya existía aún antes de nacer y por designios, “Boris nació en Tupiza (Bolivia), provincia del Chorolque o de Chichas, como se quiera; el día… iba a cometer la imprudencia de designarlo; felizmente un pudor natural, por cuenta de Boris, me lo ha impedido a tiempo”.

Para Boris no existe merito ni culpa para entrar a este planeta por el “pueblito encantau” como expresaría Alfredo Domínguez. “No tuvo el mérito ni la culpa de entrar en el mundo por Tupiza; pero si le hubiera sido posible escoger una población para nacer en ella, habría optado por esa villa, en razón de ser ella modesta, elemental y rara.”

Estas mágicas palabras muy bien calibradas y a medida de cualquier tupiceño se encuentran estampadas en “Aguas Abajo”, cuyo contenido es una verdadera fuente de información antropológica y social de Tupiza del siglo XIX. 

Lo que viene a colación es una muestra de ello Boris con una memoria impresionante ya entrado sus años en el ocaso de su vida, relata con precisión la fiesta religiosa.  

“La Semana Santa. – Llegaba más imponente aún. En el patio ó terreno vacío que estaba enfrente de la iglesia, se levantaba el calvario, hecho con ramas de árboles, maderos, tablones para las gradas i la cruz en que debía espirar el Redentor.

El día de Jueves Santo el templo era visitado por toda la población, vestida todavía de color i ostentando cada joven ó señora los más lujosos trajes; el Viernes Santo el cuerpo de Jesús figuraba ya en la cruz i la población debía asistir al sermón de agonía que el cura predicaba desde un pulpito improvisado. La ceremonia era conmovedora, la concurrencia miraba con odio a Longinos i a los que daban agua con hiel i vinagre al Cristo moribundo; no se oía sino sollozos i llantos extremados.

El cura predicaba sobre las siete palabras, con voz emocionada; el público respondía con nuevos llantos i suspiros que redoblaban, cuando al fin el párroco decía: salid varones santos. A esta orden salían seis ú ocho penitentes del interior de la iglesia, unos vestidos de blanco, que llevaban en la cabeza un cono prolongado, también cubierto de blanco, otros de gris, con la cabeza cubierta, pero que conservaba su forma natural.

Estos causaban á Boris un terrible espanto, no sé por qué. El cura continuaba dando sus órdenes que los penitentes ejecutaban; así, descolgaban el cuerpo de Jesús, una imagen bastante bien hecha, i lo colocaban en una urna para transportarlo. Es evidente que durante esta operación los fieles se entregaban al más inmenso dolor, con lo cual el párroco quedaba complacido.

He olvidado decir, que una de las ceremonias que más impresionaban á Boris, era la de las tinieblas, miserere, maitines ó no sé cómo, en que los concurrentes al templo, iluminado en los altares i en una especie de triángulo lleno de luces, asistían al espectáculo viendo apagarse todas las velas una por una, hasta que la iglesia quedaba en tinieblas; entonces los fieles comenzaban á disciplinarse i no se oía sino sus quejidos i el ruido de los latigazos que se daban.

Durante una parte de la semana santa no se permitía tocar campanas; éstas eran sustituidas por matracas ó carracas. El sábado de Gloria, tras de cohetes quemados i camaretas que metían un ruido infernal, la población entraba en regocijo por haber resucitado Jesús’.

El domingo de Pascua era ya plena fiesta; de los campos venían ramos i canastas de flores, entre ellas dalias amarillas, mui celebradas por su perfume, i albahaca, malvas i otras yerbas con olor. En las plazas se organizaban bailes y comidas; vendíase en los puestos chicha, chuya, ajipas i otras frutas; buñuelos, empanadas, tamales, capias, roscas i rosquetas, i mil platos sabrosísimos.”

LA DANZA DE LOS SILPURIS

Actualmente muy poco se conoce de esta danza; pero como todo y sobre todo la cultura deja huellas, existen vestigios y mejor aún la danza viva en el Municipio de Cotagaita. Con mucho esfuerzo hace 30 años todavía pudo apreciarse en Tupiza. Afirma es sus tertulias, Manuel Mendoza un gran agitador de la Nación Chichas. 

Foto: Tupiza es Noticia

En Tarija esta danza se la conoce con la denominación de “Los Chunchos” y sobrevivió al embate del tiempo, merced a San Roque. Para algunos esta danza habría sido llevada de Tupiza hacia Tarija, sin embargo, existen sobradas razones para percibir que la cultura de la Nación Chichas también se expresa en ese territorio ancestral chicheño.

Bien, dejemos que Boris (Eduardo Wilde), continúe con su relato: 

“Corpus. – Fiesta mui singular, caracterizada por la afluencia de indios llamados cornetas, caballitos i silpuris. Los primeros iban vestidos de cualquier modo; traían una caña de tres a cuatro metros terminada en un extremo por una especie de bocina encorvada hecha de cuero i en la parte inferior, por un agujero lateral en el cual soplaba el portador; este instrumento daba un sonido ronco, duro, desagradable, que, aunque cadencioso, que atronaba todo el día la población.

Los caballitos. – Eran indios vestidos de la cintura arriba con una chaqueta llena de abalorios, i llevaban en la cabeza una especie de gorro ó sombrero hecho de plumas i cintas, vidrios, etc., A la cintura se adaptaba un armazón en forma de caballo, con riendas adornadas i mandiles.

Los silpuris eran otros indios adornados con plumas, cintas, cuentas, rosarios i otras baratijas i el gorro correspondiente. Estos llevaban en la mano derecha un bastón de fina madera que terminaba en una horqueta movida á compas durante la marcha.

En ella iban los caballitos i á ambos lados los silpuris bailando i cantando. Detrás las cornetas. La comparsa acompañaba la solemne procesión del Corpus i recorría las calles durante todo el día; su fiesta terminaba en una cena colosal en que los oficiantes se embriagaban.”

Foto: Tupiza es Noticia

Poco que concluir, ojalá “Aguas Abajo” de Wilde sea declarado texto oficial en los colegios de Tupiza, para que las actuales generaciones conozcan de primera fuente el pasado tupiceño y que el Municipio recupere esta danza y deje el silencio

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