Cuando dieron la bienvenida a un político

Por ese rio caminó y bailó Gonzalo Valda. Foto, Miguel Choque.
Por: Wilbert Villca López Email: villkalop@gmail.com 005511974727277 Filiación: Boliviano, sociólogo, candidato a doctor en sociología en la Université Sorbonne Paris 3, Francia.

La Corporación de Desarrollo de Potosí (CORDEPO) financiaba y ejecutaba la inversión pública hasta finales de 1980. Por ejemplo, construía caminos vecinales. Los políticos y dirigentes de aquel entonces prometían con frecuencia la construcción de carreteras en cada campaña electoral.

En una ocasión, el presidente de CORDEPO, Gonzalo Valda Cárdenas llegó a Cotagaitilla. Los pobladores y autoridades de rio arriba de Cotagaita, para recibirlo, prepararon la bienvenida a la talla de su importancia. “Nos dará el camino. ¡Habrá camino, por fin!”, decían las autoridades originarias.

Para el día festivo, los más aprestos jóvenes recorrieron las lejanas montañas para identificar ganados sin dueño. Caminaron un día para llegar hasta el paradero de los vacunos huraños, incluso, pernoctando en el cerro, y dos días antes del acontecimiento carnearon a dos vacunos. Una comisión de personas trasladó a la carne sobre las espaldas hasta el lugar del recibimiento. Mientras tanto, los comisionados (secretarios vocales) de las ocho secciones cobraron cuotas de dinero y víveres de cada familia. La población debía asistir sin excusa al evento con sus grupos musicales y trajes típicos.

El catequista Félix López y los más viejos enseñaron a tocar instrumentos a los menores: el ayarachi que nadie más tocaba para las fiestas, la anata, la flauta, el violín de tres cuerdas y las zampoñas todavía frecuentes en las fiestas. En cada comunidad elaboraron chicha y restauraron antiguas prendas de vestir. Los varones vivificaron a los pochos y las mujeres a las aimillas en lugar de polleras. Para aquel día reavivaron a las abarcas con crucetas de cuero de vaca tipo chinela, llamadas quinsa q’iñas, remachadas a plantillas de madera.

Por ese rio caminó y bailó Gonzalo Valda. Foto, Miguel Choque.

La muchedumbre esperó al invitado en el rio: en la carretera provisional de épocas secas. Cuando se aproximaron tres vagonetas, una de ellas más lujosa, comenzó la euforia de la gente, vibraron los conjuntos musicales como si se tratara de un concurso. Valda bajó sonriente del vehículo de camisa color marfil, tenía la tez blanca de estatura común a los demás y de inmediato los representantes de la recepción abrazaron y coloraron guirnaldas de flores y un poncho seleccionado para él en exclusivo. Las mujeres invitaron a bailar en cada conjunto. También recibieron obsequios los miembros de su comitiva

Los encargados del recibimiento desde tempranas horas adornaron arcos revestidos con preciosos tejidos y flores, a lo largo del trayecto desde el rio hasta el patio de la escuela, para que los invitados pasen por medio de los arcos. La alegría de las personas daba a imaginar que era un día histórico e extraordinario para ellos. Mientras Valda avanzaba danzando hacia el acto central bebía una tutuma de janch’i aqa (chicha de primera).

Los oradores coincidieron que ese día iniciaba una nueva era para nuestros pueblos. Los anteriores partidos políticos y gobiernos de turno sólo habían prometido realizar proyectos de desarrollo. Valda elogió a su partido, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), “Jaime Paz Zamora es el único que llevará adelante al país, ¡Mañana mismo el Caterpillar comenzará a trabajar el camino desde la capital!, arengó. Al unísono aplaudieron y dieron vivas al partido y a su máximo líder, y por su parte, los conjuntos musicales a demostraron jubilo.

En aquel día, las mujeres vestían con sus llijllas (aguayos) en la espalda. En el tejido, de ribetes coloridas, denotaban dos franjas con diseños de aves, de animales domésticos y de figuras geométricas, a ese extraordinario arte de tejer en telar manual lo llaman pallay. En cuanto oían el discurso de Gonzalo Valda, unas arrimadas en las paredes del patio de la escuela y otras sentadas en las sombras susurraban incrédulas entre ellas acullicando sus cocas, al parecer mostraban gestos de recelo dando entender que se trataba de otra demagogia usual de los políticos.

Mientras acontecía el banquete, un grupo de alumnos de mandiles blancos corrieron por el callejón hacia el rio donde estaban parqueadas las tres vagonetas. Ellos habían permanecido formados durante el acto. Los escolares observaron fascinados a los vehículos desde sus alrededores, sin palparlos, como si se tratara de objetos inusuales.

En paralelo, los conjuntos musicales autóctonos tocaban sus ayarachis, anatas, zampoñas y flautas para ofrecer un ambiente de bienvenida confortable. Los comunarios asistentes bailaban al redor de sus respectivos grupos demostrando regocijo, cantaban canciones en quechua, era la euforia, el regocijo para el gran recibimiento. ¡Queremos camino!, dijeron con insistencia durante lapso de los preparativos. Quizá algunos hasta fingían para imprimir un ambiente festivo para el presidente de CORDEPO. Los danzarines tenían los sobreros enflorados con albaca y rosas amarillas. Era un día de sol radiante y cálido.

Hasta ahora ese acontecimiento quedó grabado en la memoria de las personas. Valda, como otros políticos, nos dejó una promesa más. El camino fue construido dos décadas después. Hasta ese entonces, CORDEPO fue disuelto. Valda fue ministro y senador por varias gestiones, pero él se olvidó de la bienvenida que brindaron en Cotagaitilla.

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Caminábamos por el río mientras no había carreteras

Por: Wilbert Villca López Email: villkalop@gmail.com 005511974727277 Filiación: Boliviano, sociólogo, candidato a doctor en sociología en la Université Sorbonne Paris 3, Francia.

Hasta los años 1990, ¿cómo vivíamos en los valles chicheños de Potosí? He aquí un relato de aquel momento.

En otoño e invierno, los motorizados (camiones) circulaban por los pedrizos arenales del río abajo y río arriba. A lo largo del trayecto, las jovencitas expendían chicha, comidas, refrescos y golosinas en improvisadas chozas cubiertas de ramas de molle, llamados tambos. Los pasajeros de a pie y de transporte, a modo de descansar, se proveían de lo necesario.

Cuando reducía el caudal del rio y se ponían semitransparentes las bandeábamos por encima de un madero estabilizado por cuatro estacas y ramas de árboles, lo llamábamos chaca. Ocupábamos hasta que el flujo mayor de las aguas las remueva. Los vecinos que precisaban con premura se agrupaban para instalarlas. Las chacas evitaban a que nos mojásemos hasta las rodillas. Con las aguas congelantes que contenían partículas minerales, con el frio y con la polvareda nuestros muslos se resecaban y hasta se ensangrentaban. Después me di cuenta del por qué los adultos tenían los talones agrietados. Ellos al usar ojotas con crucetas de goma tejida con hilos estaban más expuestos al agua con sustancias salinas. Los niños solíamos ser los más vulnerables.

Mientras las aguas seguían caudalosas, un profesor nos daba clases en espontáneos ambientes de adobe. Cada uno de nosotros iba con un asiento a la llamada, escuela. Éramos los alumnos aislados por la crecida del río. Debíamos continuar en una sala multigrado hasta que haya condiciones de cruzar el rio y sean colocadas las chacas y así los niños pudiésemos agruparnos al resto de los escolares.

Carretera por rio abajo y rio arriba hacia el camino troncal. Foto, Wilbert Villca López.

En épocas de lluvia la situación se complicaba. Para trasladarnos hacia la capital de provincia y la vía troncal Potosi-Villazon, sólo podíamos ir de a pie contornando el río y los sembradíos. Después de varias horas arribábamos a la capital de la provincia. Andábamos por los bordos de las acequias que parecían frágiles hileras de muros pircados con piedra, greda y grama, pero eran firmes y desafiantes empotradas a lo largo de las curvadas peñascosas. Desconocemos cuándo lo erigieron nuestros antepasados. Las aguas turbias y espesas, con restos de relave de los centros mineros no las derrumbaba a esos muros sino más bien rozaban congeniándose.

En algunos trechos, caminábamos balanceando sobre los bordos con nuestros enseres en la espalda, y cuando oíamos al ruido de las aguas aproximándose hacia nosotros, nos deteníamos para ver con impotencia y quebranto del cómo el torrente arrastraba a los árboles frutales y hortalizas como consecuencia del desborde. En cambio, en otoño, invierno y primavera, las acequias servían para irrigar y revolucionar a los molinos de piedra.

En cuanto se intensificaban entusiasmos por las dos fiestas de mayor atracción anual, Año Nuevo y Carnavales, las frutas coloreaban día tras día acelerando ánimos de recibir el principal ingreso familiar, por la venta de uva. ¿Entonces, cómo trasladábamos las frutas al mercado? En cajones de madera, ch’ipas y canastos transportábamos en animales por los caminos de herradura de las ondulantes laderas que están al pie de los caseríos. El viaje era más demorado que por las inmediaciones del rio.

Para reducir tiempo y distancia preferíamos contornar el rio de a pie. En el trayecto, observábamos a transeúntes escurridizos y apurados evadiendo detenerse a conversar. Iban y venían de la capital Cotagaita cargados de bultos y bolsones llenos de provisiones, volvían a sus comunidades. Los que regresaban de las fiestas de Año Nuevo, algunos, marchaban con pantalones arremangados para avanzar con soltura vistiendo sobreros nuevos y enflorados y para denotar más, tocando a sus flautas a los mosoj huayños (nuevas composiciones), y las mujeres caminaban apresuradas con sus polleras nuevas amarradas por encima de las rodillas y a su vez cubriendo a sus sobreros para no mojarlos con la llovizna repentina.

Los más experimentados nos recomendaban evitar caernos y asustarnos en determinados trechos del trayecto. Nos decían que dichos lugares poseían energías negativas del mundo adentro por cuya consecuencia podíamos adquirir una enfermedad. 

La apertura de las carreteras por las laderas han sido los proyectos más anhelados de las comunidades campesinas. Todavía recuerdo los detalles del recibimiento fastuoso que hicieron en Cotagaitilla a Gonzalo Valda Cárdenas, presidente de la Corporación de Desarrollo de Potosí, CORDEPO, quien arengó: “¡Compañeros y compañeras, mañana mismo las maquinarias empezarán a construir el camino Cotagaita-Cotagaitilla!”. En respuesta, los centenares de comunarios ovacionaron como nunca con ilusión. Pasaron más de diez años, tal carretera no fue iniciada. Años después, los gobiernos de turno tardaron en construir 15 kilómetros de camino en más de una década.

Oraciones nocturnas en quechua para la Pascua

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Paisaje, tres colinas donde rezaban hasta domingo de Páscua. Foto, Wilbert Villca López.
Por: Wilbert Villca López Email: villkalop@gmail.com 005511974727277 Filiación: Boliviano, sociólogo, candidato a doctor en sociología en la Université Sorbonne Paris 3, Francia.

“Me agrupé estando niña a las lotrinas jovencitas que iban a rezar a Huinto Esquina. La primera maestra con quien aprendí fue con Eduviges Vidaurre. Mi madre Sebastiana había sido, también, maestra desde niña. En domingo de Pascua, según me contó mi mamá, las lotrinas la bajaban del morro marcando en los brazos mientras el hermano bajaba a la cruz repleto de flores en hombros para celebrar el día festivo de pascuas”. Ésta es la historia contada por nuestra narradora Prudencia Caro de Nina. Sobre su relato hemos elaborado el tema para este número semanal.

Hace más de tres décadas, en cada comunidad campesina de Nor Chichas era costumbre rezar en las colinas (esquinas) de las montañas cercanas al vecindario. En una pequeña planicie improvisaban una fogata en las noches y madrugadas, y a su alrededor las lotrinas rezaban en quechua dirigidas por una maestra. Ella gritaba una corta frase de cada oración comenzando con la Señal de la Cruz, continuando con el Padre Nuestro, el Ave María, el Gloria, el Credo, el Yo Confieso y otras oraciones católicas. Las lotrinas, en su mayoría eran adolescentes mujeres, repetían las frases de la maestra.

La tradición comenzaba al día siguiente de los domingos de Tentación y culminaba el Viernes Santo amaneciendo al Sábado de Gloria, por el lapso de 35 días. Las lotrinas en domingos de cuaresma concurrían con flores hasta el lugar donde frecuentaban a rezar para enflorar la cruz. En algunos lugares también hubo una pequeña capilla, llamado calvario, que custodiaba a un patrono y en otros casos a una virgen. Los pobladores consideraban a la cruz y al santo como a sus guardianes de su rinconada y que los protegía de las tempestades intercediendo la buena producción y cosecha. Cuando las personas mayores salían a sus patios, antes de dormir o en las madrugadas, oían al coro de rezadores de cada colina, y pese a la oscuridad distinguían la fogata y a las lotrinas sentadas en círculo.

Narradora Prudencia Caro. Foto, Wilbert Villca López

Para la oración, la maestra se guiaba por unas láminas que contenían pequeños diseños a mano en lugar de textos, así las iletradas podían describir el contenido del rezo. Las maestras cuidaban al material como a lo más precioso. En los diseños había personas diminutas cargadas de un enorme bulto, un sol proyectando su brillo a personas, unos ángeles descendiendo, un Jesús iluminando desde lo alto, personas de rodillas y otros diseños.

En la comunidad de Cotagaitilla, las maestras Eduviges Vidaurre, Pilar Veque, Gabriela Condori, Casilda de Ancasi, Victorina de Caro y Prudencia de Nina presidian, en competencia, coreando desde sus respectivos lugares de oración.

En el crepúsculo, las lotrinas salían apresuradas de sus casas y al paso por el camino de las laderas entusiasmaban a otras jovencitas para agruparse a ellas. Desde que las sombras de las montañas proyectasen al rio, ellas aligeraban sus quehaceres, unas cerrando al corral a los chivos luego de pastear en los cerros, otras abasteciendo pasto a los animales y algunas acopiando agua para la cocina. Los varones, lo propio, aceleraban las labores en la agricultura. Para la juventud ir a rezar, con la inexistencia de la electricidad y otras actividades recreativas nocturnas, les ofrecía una oportunidad para encontrase en grupo y así reír, cotorrear, conversar y hasta para cortejar. Era el único lugar de confluencia después de carnavales. Pero ¿cómo propiciaban un ambiente para la oración?

Un Fiscal se encargaba del orden, por lo general, era mayor que las lotrinas, regentaba el respeto durante la noche, pedía permiso a los padres de las lotrinas para que saliesen de sus casas y pernoctasen en el lugar de la oración, repartía arroz con leche en las pausas y resguardaba a los niños asistentes. En Qanchi Q’uchu (Cotagaitilla), Nicasio Caro es el fiscal más rememorado, él oficiaba de lluth’ador, es decir, era el escribano y dibujante de las oraciones para que las maestras se guíen desde el papel. Caro también ejercía de hermano en el sitio de la oración.

Los hermanos eran los dueños de las cruces que heredaban de sus abuelos. Presidian el enflorado de la cruz los domingos de cuaresma. Para el domingo de Pascua hacían elaborar chicha para retribuir a las maestras y lotrinas en la fiesta pascual.

Antes de carnavales, los curacas (autoridades originarias) solicitaban a las maestras que hagan rezar en la presente gestión, visitaban con deferencia al domicilio de ellas ofreciendo coca y a modo de dialogar acullicaban (masticar) las hojas, tal como si fuera para pedir un servicio a la comunidad y dar continuidad de las costumbres. En simultaneo, instruían a sus comisionados (secretarios vocales) a notificar a las jóvenes y adolescentes de cada rinconada a concurrir a los sitios de la oración todas noches. En la madrugada del sábado de Gloria, los curacas llegaban con ponche (hervido de canela con singani) hasta los lugares de oración para los devotos que amanecieron.

La noche del Viernes Santo, los más aprestos del grupo salían a paqomear: de los huertos vecinos colectaban frutas y verduras para el plato del alba. Ya en Domingo de Pascua celebraban la fiesta con la anateada parecido a una comparsa carnavalera. Todos, las lotrinas, el fiscal y el hermano se reunían en la casa de la maestra. Bailaban con regocijo, el hermano ofrecía el jatun jarro (copa grande de chicha) a la maestra, al fiscal y las lotrinas. El jatun jarro y el enflorado en los sobreros era brindado también para los presentes, el baile en la anateada duraba hasta que se agoten las energías.

Esta fecunda tradición no se practica más en esta zona de la provincia de Nor Chichas. Ojalá la lectura de esta narrativa motive a los lectores a revalorizar los valiosos rituales de la comunidad. Nuestra narradora Prudencia Caro expresó su disponibilidad a recapitular su vivencia de hace tres décadas. Ojalá los jóvenes de hoy tomen conciencia para recordar y practicar las tradiciones culturales milenarias de nuestras llajtas.

Las abejitas benéficas

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Paisaje de Cotagaitilla. Foto, Wilbert Villca López
Por: Wilbert Villca López Email: villkalop@gmail.com
+005511974727277
Filiación: Boliviano, sociólogo, candidato a doctor en sociología en la Université Sorbonne Paris 3, Francia.

Crecí en una comunidad de los valles frutícolas del rio arriba de Cotagaita, provincia Nor Chichas, Potosí. En el patio de la casa donde pasé mi infancia hay dos plantas de naranjos y uno de limón junto a higueras. Cuando el grifo está a secas, mi madre y mi hermana, para regarlas, acarrean agua desde la acequia hasta la árida ladera donde está la casa.

El día que llegué a casa, después de meses de ausencia, me di cuenta de que los naranjos estaban sin frutos y pregunté: ¿madre, el frio congeló a las flores? No, -dijo- he visto a las plantas repletas de floración blanca y radiante, más bien, con esperanza supuse que produciría en abundancia.

Pero, una mañana, mi madre se sorprendió al mirar a un enjambre de abejas apoderándose de los tres arbustos. La centellante floración duró pocos días, quizá en el cuarto día, desde temprano, volvió la calma. Los naranjos estaban otra vez sin sus invasoras. Semanas después, recuerda, cayeron todas las flores. Ahora, sólo maduran escasos limones.

Mientras mamá relataba sentada pijcheando su coca debajo del naranjo, pensé en fumigarlos con algún químico en la próxima primavera: les atribuía todo el mal. Desconocía que una mínima cantidad de flores del naranjo cuajaban para los frutos. Aquellas abejas no sólo producían la miel, ante todo contribuían de forma inigualable a reproducir polinizando a todas las plantas de mi alrededor. ¿Se imaginan? Usted y yo, de una u otra manera, destruimos a la Tierra. Las abejas efectúan una labor más benéfica que la nuestra sin protestar contra sus verdugos humanos.

Me persiguió por varios años una misteriosa cuestión. Me decía en silencio, si aquí en los valles potosinos de Cotagaita carecemos de vegetación y humedad, ¿de dónde vienen las abejas? ¿Dónde están concentradas u ocultas en el tiempo que no los veo? Leyendo la memoria institucional de la empresa pública PROMIEL me aproximé al tema. Supe, por tanto, que tenían sofisticados mundos de comunicación, mundos de vivencia y quizá más ordenados y organizados que los humanos. Con sus pequeñas antenas, pueden localizar las fuentes del néctar oliendo desde bastas distancias y cuando regresan las exploradoras a su habitad comunican los resultados de la misión. ¿Cómo? El etólogo austriaco Karl von Frisch describió el comportamiento de las abejas. Según él, ellas bailan coreografiando trayectorias y tipos de movimientos cuyos significados explican distancias, localizaciones y proporciones de los hallazgos. Por el célebre descubrimiento recibió el Premio Nobel de Medicina en 1973.

La narradora es Saturnina López. Foto del autor del articulo

Aplaudo al esfuerzo de PROMIEL. Su gerente fundador, Remmy Gonzales con ingenio lo erigió. En su momento, supongo, era difícil apostar en una empresa estatal. Los políticos nos suministraron discursos sobre la innecesaria existencia de empresas públicas: gozaban de sus utilidades y luego los quebraban, y para salvarlos nos convencían de que había una única opción, vender a precio de gallina muerta a capitales internacionales. Pero, PROMIEL desde 2013, logró producir en casi 100 mil colmenas con cerca de 15 mil apiarios. Gonzales descartó reinvertir los dividendos optando por un innovador Seguro para los Apicultores en contracorriente al habitual rumbo de las empresas privadas.

Nos preocupará lo siguiente. Según el Instituto Federal de Tecnología de Suiza, inclusive, con una breve llamada por celular los aturdimos a las abejitas con las ondas hasta podemos causarles su muerte; es como si alguien nos estremeciese con un ruido diez veces más de lo soportable. ¿Comprendés?

Los agricultores de mi comunidad están optando por el uso de plaguicidas. Instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales ofrecen químicos en donación. Cuando cargan una mochila fumigadora ellos aparentan ungirse con un aire superior de productor. Yo les alerto a no fumigar los maizales y viñedos: estimo que aparecerán devoradoras malezas al igual que en el trópico boliviano. Sin saberlo, estaba influyendo a evitar la extinción de las abejas porque los tóxicos, benignos en la mentalidad de ciertos agricultores, envenenan a las flores, al organismo de las abejas y al panal de la miel.

No soy el único en intervenir en esa línea. Una socióloga, oriunda del Chaco boliviano, entusiasmada, dijo: ¡me alegro viendo abejas en mi casa, las amo! A mis hijos enseño a cuidarlos. Seré apicultura.  El Estado ya hace lo suyo. En casa, seguiremos regando a los naranjos, descarté en definitiva fumigarlos. ¡Con certeza, usted también hace lo suyo, defendiendo a las valiosas abejitas!

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